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Terra
La Coctelera

EL REPARTO (Teresa Nuñez)

Quédate con el aire
viciado de la sala,
los oclusos balcones y el domingo
(aquél de los periodicos abiertos
por noticias de guerras y catástrofes).
Del salón, yo me apropio
el viento que remueve los visillos,
el cristal cuando impide la bruma de la plaza
y algún trofeo en la vitrina
(Seguramente el más pequeño.
Que no sea de oro, que no tenga más nombres
de los imprescindibles).

Guarda el televisor
en donde suena y suena la voz nunca escuchada,
y el timbre de la puerta,
y la constante
canción de los veranos.
Yo guardaré la caracola
para sentir todas las noches
como me llama el mar.
Y esa campanita que me trajo de Praga
Carmen Rubio
y aún me hace ver
un reloj, una iglesia, un banco junto al fuego
de la estatua de Hus.

Adueñate del tálamo, el edredón de flores,
la lamparilla beige con peana de hierro.
Prefiero las esquinas
tan cálidas de nuestro dormitorio,
donde la luz no llegue.
Y el libro de Cortázar,
que se deshizo un día, en una arena
al sur de la memoria.

Caminaré descalza.
Para tí las alfombras, el barniz del parquet
y las pantunflas.
Para mí,
los baldosines, levantando
el dormido temblor de los deseos
en la planta del pie.
Para tí las toallas, la crema de afeitar y los ambientadores.
Para mí el agua, que resbala despacio sobre la piel desnuda. Y
una pizca indeleble, delgada y silenciosa de perfume francés.

Cuida de acarrear tus pertenencias.
No confundas
tu chaquetón de lana con mi frío,
tus zapatos todoterreno con mis alas,
tu bufanda de raso con mis manos abiertas.
Envuelve los auriculares con hora veinticinco
y aparta la columna
por la que nunca me han pagado
en el diario Metro.
Quédate los paseos con tus hijos,
las cartillas de ahorro, los crucigramas.
El Ford, el tomavistas, y aquél polo azulado
que tenia conodrilo en lugar de corazón.

Pero préstame la maleta más grande
porque no va a caberme este amor que me llevo,
intacto, hondísimo, tan mío.
Exactamente igual que el primer día.

Confesión del Pirata (Teresa Nuñez)

Tengo un mapa escondido en un arcón
varado,
con líneas que señalan a dónde van los peces
y una gran cruz abierta en el lugar secreto:
a diez pasos de un árbol y treinta de la noche.

Nunca lo dije a nadie (esta clase de cosas
hay que callarlas siempre por si ladran los perros).
Procuré estar atenta, simular que sufría,
que el vivir terminaba con todos mis designios,
que me corrían ácaros oscuros y voraces
debajo de la piel, y eran mis ojos
un aljibe abatido en los atardeceres.

Creo que os engañé. Hubo quien dijo:
“Pobre de ella,
tiene la frente rota por pájaros suicidas,
se le ve entre los dedos que anda medio disuelta,
convicta, defraudada, llena de espumas tristes.
Terminará matándose en algún desamor.”

Mas al caer la sombra, cuando me dirigía
al lugar más recóndito de mi Nunca Jamás,
en el puente de mando estaba todo en orden,
el rumbo a las estrellas sin desviaciones mínimas,
la bitácora intacta, las velas anchurosas
como manos de brisa que acunasen
las horas del camino.

Sostuve la comedia que el mundo me exigía
(el mundo necesita de seres que se angustien,
que se hieran a veces premeditadamente).
En las playas dejé olvidado mi cuerpo,
y me escondí del frío, y vagué entre pavesas.
Cada mañana tuve la prudencia de ir
a una turbia oficina con humanos comunes,
en donde ni siquiera sabían conservar
el rocío que cuaja la luna en nuestros hombros.

Por las tardes cerraba la puerta a los olvidos
para quedarme sola y conquistar orillas,
y descubrir lagunas quietas y transparentes,
donde bañar mi carne que el limo doblegaba.

Pero guardo un tesoro. No quiero que se sepa.
No quiero que desangren la pared de mi alcoba.
No quiero que derriben mis desvanes azules
para buscar el cofre. No me perdonaría
la entrada de sicarios en mi casa.

Al sur de mí, a diez pasos de un árbol,
bajo la gran palmera y las tres amatistas,
un día llegaré huyendo de la horca.
Pese a que cada vez me cuesta más botar
este barco tan viejo que llaman corazón.

Después, en la taberna, cuando esté muy
borracha, preguntaré el destino de aquella
feliz nao
que partió de algún puerto donde el mar era verde
y las uvas bebían dulzores de inocencia.

Sant Jordi Sants Hostel Barcelona

Aceptable albergue situado perpendicular a la rambla Badal (calle Casterás nº9). Un poco
alejado de las zonas turísticas por lo que tendreis desde allí que
utilizar el metro.

Dispones de 4 habitaciones de literas con un baño y una ducha a compartir con el resto de la planta, pero tranquilos en el sótano aparte de una zona de esparcimiento con grifo de cerveza y billar, teneis más duchas.

Dispone igualmente de una cocina bien equipada en la que podeis
prepararos una buena comilona para asi ajustar vuestro presupuesto.

Asi mismo disfrutareis de una conexión aceptable de internet.

Terraza y un sotano con mesa de billar completan los servicios que
ofrece este albergue muy a tener en cuenta a la hora de planificar
vuestra estancia en barcelona.

Importante: olvidaros del coche. hay un garaje cercano con un
conserje un tanto gitano, que me pedía 120 euros por dejar el coches 3
noches.
Que dolor¡ menos mal que al final lo dejé por 50 euros.. pero aun así a la vista de ese precio no se puede decir que le marcara un tanto, ni que me dejara de dolor.
Porque a la vista está que quien duerme de albergues es porque de bolsillos y esas cosas no anda muy bien.

Por cierto el albergue privado sale aprox a 20 euros la noche sin desayuno.