Quédate con el aire
viciado de la sala,
los oclusos balcones y el domingo
(aquél de los periodicos abiertos
por noticias de guerras y catástrofes).
Del salón, yo me apropio
el viento que remueve los visillos,
el cristal cuando impide la bruma de la plaza
y algún trofeo en la vitrina
(Seguramente el más pequeño.
Que no sea de oro, que no tenga más nombres
de los imprescindibles).
Guarda el televisor
en donde suena y suena la voz nunca escuchada,
y el timbre de la puerta,
y la constante
canción de los veranos.
Yo guardaré la caracola
para sentir todas las noches
como me llama el mar.
Y esa campanita que me trajo de Praga
Carmen Rubio
y aún me hace ver
un reloj, una iglesia, un banco junto al fuego
de la estatua de Hus.
Adueñate del tálamo, el edredón de flores,
la lamparilla beige con peana de hierro.
Prefiero las esquinas
tan cálidas de nuestro dormitorio,
donde la luz no llegue.
Y el libro de Cortázar,
que se deshizo un día, en una arena
al sur de la memoria.
Caminaré descalza.
Para tí las alfombras, el barniz del parquet
y las pantunflas.
Para mí,
los baldosines, levantando
el dormido temblor de los deseos
en la planta del pie.
Para tí las toallas, la crema de afeitar y los ambientadores.
Para mí el agua, que resbala despacio sobre la piel desnuda. Y
una pizca indeleble, delgada y silenciosa de perfume francés.
Cuida de acarrear tus pertenencias.
No confundas
tu chaquetón de lana con mi frío,
tus zapatos todoterreno con mis alas,
tu bufanda de raso con mis manos abiertas.
Envuelve los auriculares con hora veinticinco
y aparta la columna
por la que nunca me han pagado
en el diario Metro.
Quédate los paseos con tus hijos,
las cartillas de ahorro, los crucigramas.
El Ford, el tomavistas, y aquél polo azulado
que tenia conodrilo en lugar de corazón.
Pero préstame la maleta más grande
porque no va a caberme este amor que me llevo,
intacto, hondísimo, tan mío.
Exactamente igual que el primer día.